La importancia de saber adaptarse al crear empresa

Imagina que quieres montar un restaurante (uno de los ejemplos comodín que repito continuamente a lo largo del libro). Te gusta la comida italiana y haces un elaborado plan de compras pensando en tantas pizzas y tantos platos de pasta al día, multiplicado por tantos comensales por mesa.

Como hay que llenar las neveras, te gastas un dineral en ingredientes frescos porque has visto muchos programas de cocina por la tele y se te ha quedado bien grabado eso de “usar ingredientes frescos de la zona”. Y entonces abres las puertas y descubres que estás al lado de la mayor comunidad de vegetarianos de la región y que eso de la salsa carbonara y los escalopines de ternera no les hace mucha gracia. Tu público no ha cumplido con los planes y la comida se pudre en la nevera en pocos días, al no poder darle salida.

Has hecho un gran plan sin conocer la zona, pensando que tu idea era tan genial que todo el mundo entraría en tromba a probar tu cocina italiana. Y lo que te encuentras es un restaurante medio vacío que no consigue recuperar sus costes.

El método Lean Startup tiene una cosa que llaman “punto de pivote”. Es algo así como un punto de inflexión en el que, tras una prueba, descubres que tus previsiones estaban equivocadas y decides hacer una modificación importante al plan original. Lo importante no es que hagas un cambio, sino que estés dispuesto a que ese cambio sea RADICAL de verdad, como empezar con el sueño de una pizzeria tradicional y terminar por montar el primer restaurante ovolactovegetariano de la zona. A cambio de renunciar a la rigidez de tu plan original recibes la recompensa de una adaptación al mercado y una mejor respuesta por parte del público.

No soy un entusiasta de Lean Startup porque, como muchos han señalado antes que yo, es más un método para vender consultoría de montar empresas que un sistema para montar empresas. Lean Startup es para los soñadores que quieren hacerse millonarios en tres meses porque van a inventar el próximo Google, aunque no tengan ni idea de programación. Pero ¡hey! tienen una gran idea y seguro que hay un inversor que sí que sabe lo que vale y está dispuesto a poner 34 millones de euros en la mano para abrir una oficina con muebles de colores, una mesa de billar en el centro y, mágicamente, a los 18 meses haya desbancado a Google como primer buscador de Internet.

Lo siento. Eso no existe. A los 18 meses lo que habrás descubierto es que te has gastado el dinero que te prestaron tus padres, la indemnización de tu anterior trabajo y el crédito del banco (si es que te comprometiste a entregar a tu primer hijo varón en sacrificio ritual en la tercera luna llena del próximo año bisiesto). Una parte importante del dinero desaparecido se la habrán llevado los consultores de Lean Startup y decoración Feng Shui que te habrán hecho gastar un dineral en cosas absurdas.

Ahí va la cruda verdad de Lean Startup: ninguna consultora de esta metodología te ayudará a montar una papelería en tu barrio. Es un proyecto demasiado pequeño para que te puedan sacar un buen margen en consultoría de emprendimiento. Ellos necesitan proyectos de cientos de miles o millones de euros, para que la comisión que les caiga justifique el esfuerzo.

Pero eso no quiere decir que no haya lecciones importantes en Lean Startup: parte de una idea, crea un prototipo funcional lo antes posible, ponlo en el mercado y analiza la reacción del público para decidir si es necesario introducir cambios. El ciclo de “planifica, haz, comprueba, reacciona” en periodos breves que ya ideó Deming en los años 40, al que añadimos ese importantísimo “punto de pivote” que consiste en aceptar la dura realidad de los experimentos, ser capaz de desprenderte de la vinculación emocional a una propuesta y reorientar la premisa de negocio a algo con mejor aceptación por parte de los clientes.

Extraído del libro “Emprendimiento ágil” del autor.